viernes, 23 de septiembre de 2011

El origen de las primeras sociedades científicas

Royal Society (Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural). Crédito: Royal Society.

El caldo de cultivo está listo

Es posible que las causas que hicieron del siglo XVII una época de apogeo científico fueran darse cuenta que vastos territorios estaban esperando exploración y desarrollo, especialmente en las ciencias físicas, en las cuales la experimentación y la observación iban sustituyendo a una fe en la autoridad que estaba en rápida decadencia, y que los instrumentos requeridos se iban consiguiendo a medida que se los necesitaba, porque se había hecho evidente que los sentidos humanos, sin ayuda, eran insuficientes para explorar los más profundos secretos de la Naturaleza.

Gracias a los físicos árabes, a Roger Bacon y a otros, se conocieron bien los principios generales de óptica; al principio de este siglo ya existía el microscopio, el telescopio estaba por llegar y otros instrumentos les seguirían en rápida sucesión. En matemáticas se acababan de descubrir los logaritmos, con los que se podía en pocas horas hacer el trabajo que antes requería toda una vida.

La Iglesia había casi abandonado la oposición que había ejercido durante siglos a la investigación científica. Desde la época de Anaxágoras en Grecia, hacia el siglo V a. C., a la religión la ciencia le había sido, en el mejor de los casos, antipática, y con frecuencia se mostró hostil a ella. En la Edad Media había sido el freno principal del progreso. El pensamiento estaba dominado por la religión en una extensión difícil de imaginar actualmente. Se consideraba el universo como una rueda de muchos radios, que partían todos del hombre y de la tierra que habitaba. En el espíritu de la mayoría de los hombres todo conducía a Dios y al cielo... o al infierno.

Entonces llegó el Renacimiento y sacó el pensamiento del hombre de su curso habitual, del letargo de siglos, otorgándole una visión mucho más amplia y panorámica, incluyendo la de un mundo en el cual incluso no había existido el cristianismo. El hombre comenzó a descubrir que el mundo exterior, la naturaleza, era digna de ser estudiada: para unos por la naturaleza misma y para otros como "evidencia de la bondad de un Creador".

Comenzaba a desvanecerse el interés intenso por los detalles de la religión. Era la época en que debatir el sexo de los ángeles comenzaba a verse más que anacrónico. La ciencia entonces quedó libre para comenzar a encontrar, por sus propios métodos y concepciones, el camino que oonduce al conocimiento de la Naturaleza.

Las primeras sociedades científicas

Y una importante señal de la nueva y mucho más favorable posición de la ciencia fue la fundación de las primeras sociedades científicas. Muchas de ellas eran nacionales en cuanto a su radio de acción y gozaban de la protección real.

En las academias del mundo antiguo, por ejemplo en la Biblioteca de Alejandría hacia el año 300 a.C., los hombres ilustrados podían reunirse y discutir sus problemas unos con otros y con sus discípulos. En cambio las universidades medievales no pasaron de ser apenas pobres sustitutos de aquellas, estando en general bajo el dominio de la Iglesia, lo que hacía que no consideraran la ciencia una actividad favorable a sus intereses, al margen de que en parte fueron refugio del saber de otras épocas.

Cuando en el siglo XVI comenzó una rebelión general contra la autoridad, se sintió la necesidad de alguna clase de punto de reunión donde la ciencia pudiera progresar en un ambiente propicio y comenzar a afianzarse en sus propios logros.

Donde primero se concretaron en hechos tales sentimientos fue en Italia. Allí, en 1560, se fundó en Nápoles la Accademia Secretorum Naturae. También una sociedad semejante, la Academia dei Lincei, existió en Roma desde 1603 hasta 1630. Y se fundó incluso una tercera en 1657: la Accademia dlel Cimento, bajo el patronato del Gran Duque Fernando de Médicis y de su hermano Leopoldo. Pero sólo sobrevivió 10 años.

En Inglaterra, Francis Bacon de Verulam, en su Novum Organum (1620), defendió la necesidad de una organización de esa naturaleza, y se cree que en parte, debido a sus escritos, es que Carlos II fundó nada menos que la Royal Society para el progreso del estudio de la Naturaleza, en 1660, con el objetivo de establecer un lugar de reunión para los hombres de ciencia ingleses. En realidad ya se habían reunido muchos de ellos de manera particular y todavía desorganizada desde 1645, primero en el Colegio de Gresham en Londres, con el nombre de Colegio Invisible; después en Oxford durante la guerra civil y después también en Londres, por lo que Carlos no hizo otra cosa que estampar el sello real de la aprobación a lo que de hecho ya se estaba realizando.

En 1666, en Francia, fue fundada por Luis XIV la Académie des Sciences. En Alemania no hubo ninguna actividad similar hasta 1700, cuando el elector Federico de Prusia fundó la Academia de Berlín, aunque ya se habían hecho varios intentos privados de fundar una sociedad de ese tipo en Rostock, en época no más lejana que 1619.

El objetivo central, o principal de todas esas sociedades era el mismo: aumentar el conocimiento natural por medio de la libre discusión, sin embargo sus actividades adoptaron distintas formas en los diferentes países, en gran parte como reflejo inevitable de la cultura y la política imperantes en cada uno de ellos.

Las academias de Italia estuvieron afectadas fundamentalmente por los conflictos entre la ciencia y la ortodoxia. La Accademia del Lincei apoyó a Galileo en su rebelión contra las autoridades eclesiásticas. La Accademia del Cimento terminó precisamente cuando Leopoldo fue hecho cardenal de la Iglesia. Muchos han spspechado que los dos acontecimientos estaban relacionados entre sí; Leopoldo pudo haber pagado su capelo por la disolución de una sociedad que se había convertido en una amenaza para la Iglesia. Uno de sus miembros, Antonio Oliva, cayó en las garras de la Inquisición y se suicidó para escapar a la tortura.

Las academias de Inglaterra y Francia se ocupaban básicamente del progreso de la ciencia utilitaria, el estudio de las artes industriales y el perfeccionamiento de los métodos técnicos. La academia francesa explicaba esto en su divisa Naturae investigandae et perficiendis artibus y aunque no lo expresaba en su divisa parece que este fue el espíritu de la Royal Society. Incluso durante sus primeras reuniones informales, Boyle escribió acerca de "nuestro nuevo colegio filosófico que no valora el conocimiento sino en lo que tiende a utilizarlo".

El patronato de la Royal Society y sus consejeros acostumbraban llamar la atención de tiempo en tiempo a las necesidades del país. Lo encontramos recomendando a su experimentador oficial, Robert Hooke, el estudio de las "cuestiones náuticas", al mismo tiempo que Sir Joseph Williamson, Secretario de Estado, le pedía ser diligente en el estudio de las cosas de uso corriente. En otra parte se puede leer que Carlos "se reía a carcajadas del Colegio de Gresham -embrión de la Royal Society-, porque pasaba el tiempo pesando el aire y no hacía otra cosa cuando se reunían en sesión."

Todo esto estaba de acuerdo con el espíritu de la época. La ciencia, que hasta entonces se había estudiado por interés intelectual y satisfacía la curiosidad de quienes la amaban por sí misma, ya entonces se consideraba como portadora de un valor utilitario.

Bacon escribió mucho acerca de la ciencia al servicio de la humanidad, al mismo tiempo que Boyle escribió un tratado sobre la Utilidad de la Filosofía Natural Experimental (1663-71) en el cual habla de las florecientes industrias de fabricación de gafas y de relojes como frutos de las investigaciones puramente científicas de Huygens y de Hooke. Incluso la astronomía se estaba haciendo valiosa por razón de utilidad. A comienzos de ese siglo XVII, Kepler hizo notar que la madre astronomía moriría de hambre si su necia hija la astrología no ganaba el pan para ambas. Entonces, en 1675, Carlos II fundó el Obervatrio Rea de Greenwich, "con el objeto de encontrar la longitud de los lugares para la perfecta navegación y la astronomía". Sin dudas la ciencia perdió mucho al desviarse de la búsqueda del conocimiento por sí mismo a favor del saber por motivos utilitarios o prácticos, pero al mismo tiempo ganó mucho por el llamamiento que tuvo que hacer, amplio e inteligible, a la mayoría de los individuos en general.

Otra influencia tan decisiva como favorable, fue el uso de la imprenta cada vez más creciente, la cual no solo hizo posible que el conocimiento llegara a todo el mundo, sino que hizo al mismo tiempo accesible de inmediato todo nuevo conocimiento a un círculo más amplio. Cada indiviiduo se apoyaba en el conocimeinto de sus predecesores como nunca antes había sucedido.

Fuentes:

• Sir James jeans, Historia de la física.
• Wolf, A Histoy of Science, Technology and Philosophy in the Sixteenth and Seventeenth Centuries.
• C.. N. Clark, Sciencie and Social Welfare in the Age of Newton.
• Giorgio Abetti, Historia de la astronomía

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